lunes, 31 de enero de 2011

Encuentro casual



Los rayos del sol eran absorbidos por cada poro de su piel provocando agradables sensaciones, que la brisa fría suavizaba mientras se colaba por su melena provocando cosquilleos en su cuello, pensaba que era agradable caminar por la explanada luego de varias horas en su claustrofóbica oficina; le parecía casi erótico, sensual, delicioso. Siguió andando pero ahora cerró los ojos para dedicarse aquel íntimo momento, abrazarlo, y dejarse llevar; al abrirlos su corazón dio un vuelco, a la distancia aquel hombre que tantas veces le había robado el sueño bajaba por las escaleras, ella calculó que dada la distancia y el ritmo de sus pasos tendría que acelerar la marcha si quería encontrase frente a él de manera ‘casual’ y, por fin hablarle de sus inquietudes, liberarse así de las largas horas sin dormir. No apartó la mirada, fijó su objetivo y apuró el ritmo de sus pasos, entonces notó como sus caderas continuaban bajo los efectos del sol, se balanceaban haciendo de su andar una danza casi tribal, eso la hacía sentir algo primitiva y poderosa, su corazón comenzó a marcar acelerados latidos mientras la transpiración humedecía su ropa, sintió como sus labios se entreabrieron, los percibió algo hinchados, sus comisuras conteniendo parte de la salivación de ese momento, se sentía voluptuosa, su mirada seguía clavada en él, un suspiro casi imperceptible escapó cuando abrió su boca. Ambos se detuvieron, se miraron, ella cerró los ojos un instante buscando valor, lo miró decidida, su voz sonó como una cascada de agua cristalina, “buenas tardes jefe, a ver si lo digo… quiero un aumento de sueldo”

Ro

sábado, 22 de enero de 2011

El relato terapéutico “El gato”


El día en que cumplió setenta y cinco años decidió sentarse a esperar la muerte. No pensar; no vivir apenas; sin un futuro que planear; convertir el resto de su vida en un paréntesis sin tiempo desde cuyo interior vería pasar los días solitarios, los años que pudieran quedarle, a la espera del momento en que su corazón se detuviese para siempre. "Y luego nada más... Sólo esperar y nada más..."

En un gesto mecánico y monótono, sin emoción alguna, igual que su mirada y cada uno de sus movimientos, destruyó todos los relojes de la casa para que así, al verse de algún modo privada del tiempo, sin poder contar los días ni los meses, la muerte viniera a aliviarla más deprisa.

Y en ese transcurrir imposible y derrotado en que transformó su vida, la despertaron una madrugada los maullidos de un gato que, probablemente en su vagabundeo por los tejados, había ido a parar a su terraza. Cuando ella salió, el pequeño animal de color atigrado y ojos amarillos, se acercó, hambriento, hacia ella y la miró implorante. Recordó que tenía en la nevera casi todo el plato de pescado que, tras prepararlo para el almuerzo del día anterior, había sido incapaz de comerse. Todo importaba demasiado poco y los alimentos le resultaban insípidos; el comer se vuelve un sinsentido cuando se está huyendo de la vida. Dejó que el inesperado visitante diese cuenta del pescado y, mientras el animal devoraba con avidez el alimento, observó que llevaba lo que parecía ser un trozo de papel doblado alrededor del collar.

Es posible que hace muchos años, cuando la curiosidad formaba aún parte de ella y el hastío no se había apoderado tan implacablemente de su alma, hubiese corrido a hacerse con aquel papel. Pero en esa ocasión tuvo que ser el gato el que, al rascarse el cuello con su pata trasera, dejase caer el papel justo a sus pies. Al leerlo descubrió que se trataba de la carta de un niño de doce años. "Tengo miedo", decía, "la vida es demasiado difícil. Me gustaría dormirme y no despertar jamás". Luego hablaba de sí mismo, de su tristeza, de la falta de ilusión y de alicientes. Ella sintió erizarse el vello de su cuerpo al verse reflejada en las palabras de alguien cuya vida acababa de empezar; tan lejos de ella, tan distante en todo y, al mismo tiempo, tan similar y tan cercano en esos sentimientos compartidos.

Arrancando una hoja de su bloc de notas escribió unas palabras de consuelo. "Soy yo", decía en los últimos renglones, "que soy ya demasiado vieja, quien está esperando y deseando la muerte". Tras enredar el papel en el collar del gato y ayudarlo a salir de la terraza mediante una escalera de mano por la que el animal trepó hacia el tejado, volvió de nuevo a su monótona vida sin tiempo.

Pero a partir de ese momento algo cambió en su vida; en ella. El gato regresaba periódicamente con una nueva carta a la que ella respondía mientras iba creciendo en su interior algo parecido al entusiasmo. Empezó a esperar ansiosa al mensajero felino, a conocer a ese niño entre sus líneas, su caligrafía desgarbada, sus faltas de ortografía, y ambos se fueron desvelando el uno al otro sus respectivos mundo solitarios, encontrándose en los ojos del gato, intentando infundir un poco de esperanza en la vida del receptor de sus mensajes. La voz tímida de un niño en un papel, la voz dulcificada de una anciana que le habla de su pasado y le cuenta cómo sacó fuerzas de la desesperación cuando una inundación arrasó su casa; cuando vio morir, con los años, a muchos de los que amaba; cuando el dinero no era nunca suficiente y empezó a temer al hambre. Después, recuperar un reloj; aprobar un examen; leer un libro; empezar a ahorrar dinero para esos patines que tanto deseó un día; escribir en un cuaderno los momentos felices del pasado. Cada uno impulsaba al otro a dar pequeños pasos hacia la vida. Más tarde, el gran reto: llamar a esa hija con la que perdió contacto hace tanto tiempo, manteniéndola el orgullo en la distancia. Ya apenas recordaba el motivo; apenas importaba; pensaba que era demasiado tarde, demasiado absurdo. Y, sobre todo, el temor a la negativa, el miedo al rechazo. Después, una insistencia terca que lleva a un pacto: "si la llamo tendrás que perderle el miedo al agua y aprender a nadar". Un triunfo compartido; una sonrisa sentida en la distancia; una alegría transformada en palabras. "He aprendido a nadar y, aunque no soy muy bueno en eso, sí que soy el más rápido de los patinadores. He conocido a unos chicos a los que les gusta hacer carreras". Una petición entusiasmada de alguien a quien no veía desde hacía mucho tiempo. "Mi hija quiere que pase el verano en su casa". Pequeños pasos hacia la vida. A veces grandes pasos. Entre cada carta, cada maullido del gato, cada logro aplaudido por el otro; hasta que, casi sin darse cuenta, la vida logró atraparlos por completo.

Fuente: Web de psicología y medicina


Enlace: "Erotismo literario en la antigüedad"


sábado, 15 de enero de 2011

El gato. Un pequeño protagonista para grandes relatos

Heródoto, padre de la historia, escribió hace 2500 años el primer texto sobre el gato, asombrado de ese animal que en tan gran número habitaba y era objeto de culto en el Antiguo Egipto. Pero es a los fenicios a quienes debemos la introducción del gato en el Mediterráneo, cuando lo vendían como un tesoro a griegos y romanos. Los gatos acompañan al hombre desde entonces a través de historias, poesías, novelas y cuentos inspirados en los misterios de un animal vinculado a la magia, la fantasía y el esoterismo.

Dioses o demonios, el gato ha tenido una importante influencia en grandes escritores de todos los tiempos. El texto más conocido y que forma parte de la infancia de millones de niños en todo el mundo es “El gato con botas”, de Charles Perrault, basado en relatos del siglo XVI de escritores venecianos y napolitanos. Ese gato caza ratones era imprescindible en la Europa asolada por las ratas y la peste, como fue ineludible compañía de pícaros y pilluelos en el Siglo de Oro español y, más tarde, en las calles donde vagabundeaba “Oliver Twist”, el más famosos personaje de Charles Dickens.

Vinculado a magos y brujas y habitante de arcanos lugares, su independencia y misterio dio lugar a algunos de los mejores cuentos de terror, como “El gato negro”, de Edgar Allan Poe, y “Los gatos de Ulthar”, de Howard Phillips Lovecraft. En la actualidad, también ha sido protagonista de obras de Stephen King y Clive Barker.

Rudyard Kipling, que dio voz a tantos animales en” El libro de la selva”, escribió un cuento hermoso y descriptivo llamado “El gato que andaba solo”. Y quién no recuerda a los compañeros de Alicia en su viaje al “País de las Maravillas”, de Lewis Carroll, que además escribió otros relatos como “El gato de Cheshire”.

En Francia, Charles Baudelaire, padre de la poesía moderna, se inspiró en los animalillos que dormían entre sus papeles. Jaques Prevert y, sobre todo, Colette también escribieron deliciosos textos sobre ellos.

En nuestra literatura cercana en tiempo y espacio, García Lorca y su “Canción novísima de los gatos”, Terenci Moix, Jorge Luís Borges u Osvaldo Soriano son algunos de los autores que dieron al arrogante felino carácter de actor principal de sus obras y de sus vidas. Y en el terreno infantil, Gloria Fuertes y María E. Walsh acercaron a los niños esos gatos divertidos y musicales, reyes de la casa y de reinos fabulosos. También hay periodistas escritores, como Francisco Umbral y Antonio Burgos, que siguen llenando sus crónicas y sus columnas de gatos caseros, caprichosos, independientes y compañeros.

Pero es el gran poeta chileno Pablo Neruda el que mejor resume esta literaria vinculación de siglos en su “Oda al gato”, incluida en su más célebre obra, “20 poemas de amor y una canción desesperada”.

Considerado como el primer animal doméstico de la historia, el gato ha sido inspiración de pintores, músicos, filósofos y escritores.



Enlace: "Erotismo Literario"

martes, 11 de enero de 2011

Carlos Payán Velver "Mujeres"

Mujeres. Sólo mujeres en busca de si mismas, Mujeres en una lucha despiadada contra un pasado que históricamente les ha negado la posibilidad de decir YO Soy…


Carlos Payán Velver

Político y periodista mexicano.



Enlace: Contundente y cierto, breve mensaje de Rudyard Kipling






Bruja Curandera

Enlace

"Aún una vida feliz no es factible sin una medida de oscuridad, y la palabra felicidad perdería su sentido si no estuviera balanceada con la tristeza. Es mucho mejor tomar las cosas como vienen, con paciencia y ecuanimidad"

〜※Carl Jung※〜