viernes, 25 de febrero de 2011

"Double face"


Música que inspira, por un fin de semana ¡Mágico!


Desde Acapulco

Enlace: "Reverdecer"


domingo, 20 de febrero de 2011

"Mala" - Relato erótico


Yo siempre fui una niña buena. De pequeña ni siquiera lloraba. Todos los amigos de mis padres, no paraban de repetírmelo:

-Que niña más buena.

-¿A quien habrá salido esta niña tan buena?

-¡Ay! Si nuestra niña fuera tan buena como tú.

De tanto escucharlo, llegué a odiar mi forma de ser.

A decir verdad, yo no era ni mucho menos ese angelito que todos pintaban. Lo que ocurría, es que sabía como hacer, para que no me pillaran en ningún renuncio.

De cualquier manera, aquello había marcado mi personalidad. Y sobre todo, mi modo de actuar.

Con quince años, casi dieciséis, yo era una adolescente con poco, más o menos, todo los tiques de una niña de mi época. Pero por el contrario de otras, había desarrollado un instinto maligno, del que la mayoría de ellas carecían.

A esa edad, todas las chicas estábamos pendientes de dos cosas: nuestros defectos, que incluso a las más bellas les parecían desorbitados, y como no, “los hombres”. Por que para todas nosotras, los barbilampiños de catorce y quince años, nos parecían micos.

Mis defectos, no eran otros que los propios del acné, que aunque no se había cebado con mi cara -por el cuerpo ni siquiera había hecho aparición- de vez en cuando se presentaban en forma de unicornio sobre la ceja izquierda.

Aquel grano sin cabeza que duraba tres días así, y purulento los tres siguientes, desataba en mi una tormenta histérica, que sólo mi abuelita lograba mitigar, con remedios caseros que aplicaba al susodicho, sin que éste, por cierto cediera hasta que realmente había fenecido; a los diez días exactos.

Por lo demás, cuando me contemplaba en el espejo de cuerpo entero, que había en el dormitorio de mis padres, después del baño, completamente desnuda, me sentía bonita.

-Guapa decía mi padre.

-Con las piernas como dos columnas griegas, como las de él, - decía mi madre.-

-Con dos tetas y un culo, que no se los salta un gitano, añadía mi amigo Luis.

Los defectos son los dolores de cabeza y motivo de depresión de las chicas como yo. Incluso las más guapas - más ellas que las demás- están al acecho: de ese kilo que nos sorprende, del culo que no sabes como esconder y… ¡Ay! de ese acné traicionero que aparece cuando menos te lo esperas. Ya sea por que te viene la menstruación, ya sea por que le da la gana a tu organismo.

Pero yo, a los quince, era mala. Muy mala. Pasaba las horas pensando en como seducir a mi profesor de matemáticas, al que con un simple cruce de piernas y una caída de parpados cuando me dirigía la mirada, lograba turbar, hasta que los colores de la sangre en sus mejillas, le hacían perder la noción de la hipotenusa que nos explicaba.

Mi distracción favorita al salir de clase, era sentarme en el capó del coche de Luis – que era como se llamaba mi profe- y esperar su llegada, conversando con alguna compañera, que por la tardanza, terminaba por dejarme a solas.

Al verlo traspasar la puerta del colegio, yo lo esperaba sin mover ni un centímetro de mis largas piernas. Y al tenerlo casi a mi vera, saltaba del coche haciendo que mi falda plisada, se alzase hasta la cintura a ras del ombligo.

Aunque rápidamente la bajaba, como si me hubiese avergonzado de lo sucedido. Ni por asomo. Pero era tal la cara de querer salir corriendo de Luis, que no creo que llegara a darse cuenta de lo que en realidad ocurría.

Entonces, yo me acercaba hasta que mi respiración se convertía en el aire de su cara – era un poco menos alta que él – y le susurraba al oído:

-¿Te molesta que me siente sobre tu coche?

Me miraba, con esa cara que sólo las personas desconcertadas, suelen poner y balbuceaba muy bajito:

-Grurr, Gruurr…No, no, no

El no, era interminable, como su mirada hacia el suelo.

Yo me giraba y echaba a caminar. Y a sabiendas de que no apartaba la vista de mi culo, a los diez pasos me daba la vuelta y levantando la mano izquierda, alzaba la voz:

-Hasta mañana profe…

Y al seguir mi camino, era consciente de los destrozos que había causado en los cimientos de ese hombre de cuarenta y…tantos años.

Aquello me hacía feliz. Mi maldad era un poder y me daba toda la fuerza necesaria para sentirme gozosa.

Al llegar a casa, con el mantel puesto y todos sentados a la mesa, mi madre, que para algo me había parido, me miraba de arriba abajo y preguntaba:

-¿Ha ocurrido algo en el colegio, Marta?

-Nada preocupante, mamá. Me lavo las manos y me siento. Perdonad la tardanza.

Las tardes, en el piso de la calle Fernández de los Ríos, discurrían entre los estudios y los asaltos al baño de mi madre, donde realizaba largas sesiones de make-up, hasta ser sorprendida por ella, que me devolvía a los libros y las fantasías sobre el texto de geografía de la editorial Everest.

Yo comenzaba por fijar mi vista en el anagrama de esta editorial, de ahí que aún recuerde su nombre. Y según iba ascendiendo la falda de la montaña, mi ascensión me llevaba en las más de las ocasiones al cuerpo de Luis.

En mis fantasías realizaba todo tipo de triquiñuelas para conquistarlo. Y seducido, conseguir que me hiciera suya, por vez primera.

Los sueños duraban hasta que el timbre de la puerta me sobresaltaba, chorreando de sudor. Sólo el agua templada del lavabo y los gritos de mi madre, para que acudiera a la cocina a cenar, me transportaban después de muchas horas a la vida real.

Mis sueños proseguían después de las oraciones, que a cada día se hacían más mecánicas y mucho más cortas. En el Jesusíto de mi vida… que a mis quince aún resultaba familiar y bonito al oído interno, empezaba y daba fin el rezo.

El tiempo justo de que mi mano bajase al pubis y se entretuviera enredando en el ensortijado de mi vello rubio.

La mayoría de las noches me quedaba entre la fantasía y el sueño transportada, con la mano reposando serena sobre mi vientre liso.

Al despertar no recordaba nada del sueño y por otra parte mi madre, con un nuevo chillido me conducía a la realidad.

En esta realidad, salía como cada mañana, con el tiempo justo, para tomar el autobús escolar. El conductor me hacía un gesto cariñoso con la cara y detenía sus ojos en mis piernas.

Sara, estaba sentada en la última fila y guardaba con sus libros un asiento para mí.

Nos contábamos mil cosas, que día a día parecían nuevas, aunque no eran sino variantes de las mismas que nos habíamos confesado el día anterior.

-A cada minuto que pasa, me gusta más Luis. Anoche soñé que follábamos como locos.

-Que ordinaria eres Marta.

-¿Ordinaria por qué? Follar es follar.

-Si hija, pero hay muchas formas de decirlo.

-Si pero sigue siendo lo mismo.

-¿Tú no eres romántica?

-Follando no. Bueno, la verdad es que no lo sé. Nunca lo he hecho.

-¿Y hablando?

-¿Hablando de follar?

-Hablando de lo que sea.

-De follar no.

-Bueno, déjalo. ¿Qué soñaste?

-Estábamos en un hotel en la montaña. Caía la nieve tras los cristales. La habitación era pequeña y acogedora. Luis, llevaba una camisa blanca por toda vestimenta. El fuego de la chimenea iluminaba su cara.

-¡Ay, hija! ¿Ves, como si eres romántica?

-Por que todavía no follábamos… es broma… ¿Quieres que continúe?

-¡Claro, que quiero!

-El fuego iluminaba su cara y… su… ¡Ja, ja, ja…!

-¡Ja, ja, ja!... Siempre serás la misma.

El autobús se había parado. El primer timbrazo a lo lejos, anunciaba que teníamos que dejar la charla para otro momento. E invariablemente, como cada mañana Sara declamaba su letanía de quejas:

-No hay derecho. Siempre me dejas con la miel en los labios.

-Es que el trayecto desde casa es muy corto.

Y ya no daba tiempo a más, por que estábamos ante la señorita Lara, que nos mandaba aligerar el paso.

-¡Señoritas, dense prisa!

-¡Vamos Sara! Te prometo que luego te cuento el polvo.

Pero nunca se lo contaba. Por que Sara por las tardes, se iba con su padre que venía a recogerla. Y yo regresaba con mis fantasías, con la cara pegada al cristal de la ventanilla del autobús, que chorreaba humedad y sueños de chiquilla mala.

Siempre recordaré aquellos días de mi juventud, como los más perversos que he vivido. Con el paso del tiempo la perversión pasa a ser sibarita y deja la exquisitez de lo imprevisto por desconocido.

Nunca el morbo fue tan romántico como a los quince años. A veces cuando viene a mi memoria, me siento al ordenador a relatarlo, con la esperanza de recuperarlo. Os prometo que si lo consigo, os lo contaré en mi próximo relato.

Carlos M. Corchado



domingo, 13 de febrero de 2011

Para ti, en el Día del Amor



Mi concepto del amor ha cambiado y se ha enriquecido gracias a las experiencias, la vida me ha mostrado que todos estamos enlazados, que cada amanecer es un milagro, que la luz de la divinidad brilla en los ojos de nuestros queridos animales, que dar es tan o más satisfactorio que recibir, que no se abandona lo que se ama y que cada uno escribimos nuestra historia en cada decisión tomada; en este 14 de febrero, quiero regalarte un destello de ese gran corazón de diamante que nos envuelve a todos. Mi abrazo fraterno para ti.
Desde Acapulco con amor.

Ro

viernes, 11 de febrero de 2011

Cuentos que Curan: “En el desierto”


“Siempre he querido conocer el modo de pensamiento de los indios americanos que habitan en el desierto de Sonora en Arizona. Por fin se me presentó la oportunidad. En unos de mis viajes a la zona, conocí a un indio que accedió a instruirme sobre su pensamiento en disciplinas como la medicina, hábitos culturales, modos de caza…

Un día cabalgamos hasta una zona apartada del desierto, desmontamos y trazó un círculo en el suelo de dos metros de diámetro, con una rama seca que encontró allí mismo. Tiró el palo y me dijo que la primera enseñanza era abrir la mente. Quiero que descubras todo lo que se halla en el interior del círculo y me lo cuentas dentro de dos días, cuando yo regrese. Subió al caballo y se alejó, llevándose también el mío. Yo me quedé allí descorazonado frente a una tarea imposible… ¿Qué se puede encontrar en tan breve espacio desértico? Ya que no tenía nada mejor que hacer en mi remoto lugar, me dediqué a observar el círculo trazado por mi instructor, miraba y miraba y no podía ver nada.

Después de varios intentos empecé a distinguir distintos tipos de piedras, distintos tamaños, colores y texturas y formas. Algunas brillaban por su estructura cristalizada, otras eran rugosas, otras eran muy redondeadas y en un extremo del círculo, habían piedras agrupadas que perecía construcciones funerarias de otras civilizaciones. También vi que entre las piedrecillas minúsculas habían planta diminutas, de un color tierra con matices amarillos y marrones muy mimetizadas con el medio. Estas plantas disimulaban el acceso a un hormiguero por el que entraban y salían muchas hormigas que se comunicaban con breves contactos entre las filas de individuos entrantes y salientes. El recorrido de las hormigas se perdía fuera de los límites del círculo señalado. Vi otros insectos que sobrevolaban la zona y un escarabajo pelotero transportando su material que yo había confundido con una piedra.

Al cabo del rato me di cuenta que en esos dos metros de terreno desértico había un ecosistema con un montón de elementos que reproducían los elementos de la vida sobre la tierra a pequeña escala. Me dio la impresión de que mi visión se asemejaba al de la perspectiva de un avión sobre un gran trozo de territorio y me sentí muy satisfecho de los efectos de mi primera lección entre la tribu de los indios de Sonora.

Cuando mi maestro regresó a recogerme, yo estaba emocionado, pleno de los descubrimientos que había hecho y pasé hacerle el informe de todo lo que había encontrado casi sin moverme durante dos días”.

Will McDonal

Archivado en: Cuentos — planocreativo

Enlace: Erotismo Literario: Siglos XIX – XX y actualidad.


sábado, 5 de febrero de 2011

Marqués de Sade


Aventura incomprensible, pero atestiguada por toda una provincia

Todavía no hace cien años, en varios lugares de Francia perduraba aún la absurda creencia de que, entregando el alma al diablo, con ciertas ceremonias tan crueles como fanáticas, se conseguía de ese espíritu infernal todo lo que se deseara, y no ha pasado un siglo desde que la aventura que, relacionada con esto, vamos a narrar, tuvo lugar en una de nuestras provincias meridionales, donde todavía está atestiguada hoy en día por los registros de dos ciudades y respaldada por testimonios muy apropiados para convencer a los incrédulos. El lector puede creerla o no, hablamos solamente después de haberla verificado; por supuesto no le garantizamos el hecho, pero le certificamos que más de cien mil almas lo creyeron y que más de cincuenta mil pueden corroborar en nuestros días la autenticidad con que está consignada en registros solventes. Nos dará permiso para disfrazar la provincia y los nombres.

El Barón de Vaujour combinaba desde su más tierna juventud el más desenfrenado libertinaje con el cultivo de todas las ciencias y muy especialmente el de aquellas que inducen al hombre al error y le hacen perder un tiempo precioso que podría emplear de alguna otra manera infinitamente mejor; era alquimista, astrólogo, brujo, nigromante, astrónomo -bastante notable, por cierto- y físico mediocre; a la edad de veinticinco años, el barón, dueño ya de su patrimonio y de sus actos, descubrió en sus libros -según afirmaba- que inmolando un niño al diablo, empleando determinadas palabras y haciendo determinadas contorsiones durante la execrable ceremonia, se conseguía que el demonio se apareciera y se obtenía de él todo lo que se deseaba, siempre que se le prometiera el alma, y entonces se decidió a perpetrar esa monstruosidad con el único propósito de vivir felizmente su duodécimo lustro, de que nunca le faltara dinero y de conservar asimismo en el más alto grado de potencia sus facultades prolíficas hasta esa edad. Cometida la infamia y firmado el pacto, ocurrió lo siguiente: Hasta la edad de sesenta años, el Barón, que disponía tan sólo de quince mil libras de renta, había gastado regularmente doscientas mil y jamás debió un céntimo. En lo que respecta a sus proezas amorosas, hasta esa misma edad fue capaz de gozar a una mujer quince o veinte veces en una noche, y a los cuarenta y cinco ganó cien Luises en una apuesta con unos amigos suyos que habían afirmado que no podría satisfacer a veinticinco mujeres, una después de otra; lo hizo y entregó los cien Luises a las mujeres. En otra cena, tras la que se inició un juego de azar, el Barón advirtió al empezar que no podía participar, pues no tenía un céntimo. Le ofrecieron dinero, pero lo rechazó; mientras que jugaban, dio dos o tres vueltas por la sala, volvió, se hizo hacer un sitio y apostó diez mil Luises a una carta, Luises que fue sacando en diez o doce fajos de su bolsillo; el envite no fue aceptado, el Barón preguntó el motivo y uno de sus amigos le contestó bromeando que la carta no iba lo bastante bien servida y el Barón añadió otros diez mil. Todo esto está registrado en dos ayuntamientos respetables y lo hemos podido leer.

Cuando cumplió cincuenta años, el Barón decidió casarse; lo hizo con una encantadora joven de su provincia con la que siempre ha vivido en los mejores términos, sin que las infidelidades tan propias de su temperamento provocaran nunca el menor roce; tuvo siete hijos de esa esposa y desde hacía algún tiempo los encantos de su mujer habían ido volviéndole más sedentario; habitualmente vivía con su familia en el castillo donde en su juventud había hecho la espantosa promesa que hemos mencionado, invitando a hombres de letras, apreciando su trato y cultivando su amistad. Sin embargo, a medida que se aproximaba al término de los sesenta años, se acordaba de su desdichado pacto y como ignoraba si el diablo iba a contentarse con retirarle sus favores o le quitaría entonces la vida, su humor cambiaba por completo, se ponía triste y meditabundo y ya casi no salía de su casa.

El día señalado, a la hora exacta en que el barón cumplía sesenta años, un criado le anuncia a un desconocido que había oído hablar de sus conocimientos y solicita el honor de entrevistarse con él; el Barón, que en ese momento no estaba pensando en aquello que no había dejado de preocuparle desde hacía varios años, contesta que le haga pasar a su gabinete. Sube allí y encuentra a un forastero que, por su manera de hablar, le parece que es de París, un hombre bien vestido, con una figura hermosísima y que en seguida se pone a discutir con él sobre las ciencias más elevadas; el Barón le va contestando a todo y la conversación se anima. El señor de Vaujour propone a su huésped ir a dar un pequeño paseo, él acepta y nuestros dos filósofos salen del castillo; era época de faenas agrícolas y todos los labradores estaban en el campo; algunos, al ver gesticular a solas al señor de Vaujour, piensan que se ha vuelto loco y corren a avisar a la señora pero nadie contesta en el castillo; aquella buena gente vuelve a su sitio y siguen observando a su señor, que, creyendo que está conversando con alguien animadamente, agitaba las manos como es habitual en esos casos; por fin, nuestros dos sabios llegan a una especie de paseo cerrado al otro extremo y del que no se podía salir más que dando media vuelta. Treinta campesinos pudieron verlo, treinta fueron interrogados y treinta contestaron que el señor de Vaujour había entrado solo, sin dejar de gesticular en aquella especie de alameda cubierta.

Al cabo de una hora, la persona con la que cree estar, le dice:

-Y bien, Barón, ¿no me reconoces?, ¿has olvidado acaso la promesa de tu juventud?, ¿has olvidado cómo yo la he cumplido?

El Barón se estremece.

-No temas- le dice el espíritu-, no soy dueño de tu vida, pero sí lo soy de retirarte todos mis favores y arrebatarte todo lo que te es querido; vuelve a tu casa y verás en qué estado la encuentras, en ello reconocerás el justo castigo a tu imprudencia y a tus crímenes... A mí me gustan los crímenes, Barón, incluso los deseo, pero mi destino me obliga a castigarlos; vuelve a tu casa, repito, y conviértete, aún te queda un lustro de vida, morirás dentro de cinco años, pero sin que la esperanza de poder estar un día con Dios te haya sido negada... Adiós.

Y el Barón, que sólo entonces se da cuenta de que está solo y que no ha visto que nadie se despidiera de él, vuelve a toda prisa sobre sus pasos y pregunta a todos los campesinos que encuentra si no le han visto entrar en la alameda con un hombre de tales y cuales características; todos le contestan que había entrado solo, que asustados al verle gesticular de aquella manera incluso habían ido a avisar a la señora, pero que no había nadie en el castillo.

-¿Que no hay nadie? -exclama el Barón terriblemente turbado-. ¡Pero si he dejado dentro a diez criados, a siete niños y a mi mujer!

-Pues no hay nadie, señor -le contestan.

Cada vez más asustado corre hacia su casa, llama, nadie le contesta, fuerza una puerta, entra, y la sangre que inunda los escalones le está ya anunciando la catástrofe que se ha abatido sobre él; abre una gran sala y descubre a su mujer, a sus siete hijos y a sus diez sirvientes desparramados por el suelo en diferentes posturas, en medio de un mar de sangre, todos ellos decapitados. Se desmaya, varios campesinos, cuyas declaraciones constan, entran y tienen ocasión de contemplar el mismo espectáculo; ayudan a su señor, que poco a poco va volviendo en sí, les ruega que faciliten los últimos auxilios a la desdichada familia, y sin pérdida de tiempo se encamina hacia la Gran Cartuja, donde falleció al cabo de cinco años en el ejercicio de la más elevada piedad.

No emitimos ningún juicio sobre este incomprensible suceso. Existe, no se puede negar, pero es incomprensible.

Hay que andar con cuidado y no creer sin duda en quimeras, pero cuando una cosa es atestiguada por todo el mundo y pertenece como ésta a un género tan singular, hay que bajar la cabeza, cerrar los ojos y decir: así como no entiendo cómo los orbes flotan en el espacio, así también pueden existir cosas sobre la tierra que no acierte a comprender.

Marqués de Sade












Bruja Curandera

Enlace

"Aún una vida feliz no es factible sin una medida de oscuridad, y la palabra felicidad perdería su sentido si no estuviera balanceada con la tristeza. Es mucho mejor tomar las cosas como vienen, con paciencia y ecuanimidad"

〜※Carl Jung※〜