jueves, 8 de enero de 2009

C U E N T O

Este cuento es de mi autoría y fué leído en el homenaje al natalicio de Remedios Varo, ofrecido por la Promotoría Cultural Aida Espino.
Acapulco -México- 2008




Remedios y el Roble

Remedios está en el parque mirando el estanque con la vista fija en su propio reflejo que a ratos se distorsiona con el vaivén de las ondas, movidas suavemente por el viento del atardecer.
Piensa en la vida que existe bajo el agua y lo oculta que está para el resto de los paseantes, es como si la falta de tiempo los alejara del detalle, de la sensibilidad, del milagro que subyace en todas las cosas. Se incorpora y continúa el paseo ensimismada en sus pensamientos, se detiene frente al gran roble que la conoce desde siempre, con su mano toca la corteza rugosa y áspera saludando a su viejo amigo, la brisa juega con sus cabellos y mueve las hojas del vetusto personaje frente a ella y entiende que esa fiesta de hojas agitadas es el saludo de su buen consejero vegetal.
Muchas tardes lo ha visitado y mantenido amenas charlas de las cuales con frecuencia, ha tomado inspiración para volver entusiasmada a su estudio y pintar las conversaciones sostenidas con el Roble.

Piensa cuántas cosas ha visto su buen amigo, conoce tanto de la vida de los humanos, que si la filosofía hindú de la Trasmigración de las almas no se equivoca, en la próxima vida aquel árbol tomará cuerpo humano. Una sonrisa se dibuja en la cara de Remedios, se siente feliz de tener a su compañero siempre esperando por ella, su corazón de mujer se regocija porque sabe que él nunca se irá, no la decepcionará, no la hará sufrir… como suelen hacer los humanos.
Charlan por horas, preguntas que encuentran respuesta, confesiones increíbles, pasajes históricos jamás relatados, miedos confesados, certezas declaradas. Aquel árbol sabe mucho y lo comparte con quien lo sabe escuchar; Remedios sonríe.
Casi al ocaso, se despide abrazando el recio tronco y oprimiendo su mejilla contra él en afectuosa caricia, promete a su amigo que mañana volverá.

Remedios toma el ascensor que con toda la calma de un anciano, cruje en su subida por el edificio de apartamentos hasta alcanzar el cuarto piso. El familiar olor del aquel habitáculo la hace sentir en casa, huele a pino y líquido para limpiar cristales, juntos forman una combinación que pareciera ser una sola y que por alguna extraña razón, guardan un equilibrio que jamás se rompe.

Finalmente el ascensor se detiene, Remedios empuja la pesada puerta y camina hasta su estudio, tiene ansias de pintar, de sumergirse en los mundos mágicos que recorre día a día con su Roble. Al introducir la llave en la cerradura, una filosa arista rasga su dedo pulgar, que instintivamente lleva a su boca y azotando la puerta, a toda prisa se dirige al botiquín en su baño, busca sin saber bien a bien qué. Necesita calmar la impresión que le causan aquellos hilos líquidos color rojo emanando de su dedo, nada de lo que encuentra le satisface, pero recuerda que tiene un pequeño sobre en el cajón de su buró con finos polvos de corteza de su Roble amigo, que él mismo le dijera cómo preparar hace ya algún tiempo. Remedios espolvorea la corteza molida en su dedo herido, la respiración comienza a ser normal y poco a poco, suave y lentamente un sopor la invade hasta dejarla profundamente dormida, recostada sobre su cama. La sangre ha cesado de fluir.

Comenzó un viaje fantástico entre sueños y realidades, vio tantas cosas que la dejaron impresionada, como el tejido de los sueños, la gruta mágica, el hombre de la guadaña,
el flautista, el paraíso de los gatos, caminos tortuosos...
Viajó sin tiempo y sin espacio, libre, sin limitaciones, en el suave vaivén de la irrealidad, el latido del universo la acunó calidamente.

Al despertar, no acierta a calcular cuánto tiempo ha transcurrido, mira su dedo buscando algún corte, pero no hay rastro de ninguna herida, dirige su mirada hacia la ventana y a través del cristal, pude ver que el cielo está rojo, extraño, distante. Su corazón da un vuelco, siente la necesidad de salir corriendo, no puede esperar el ascensor, baja las escaleras como volando, cruza la calle sin mirar, a cada paso que da sus ojos buscan a lo lejos su familiar referencia, su calma interior, su amigo fiel.
Todo en vano, el viejo roble no está, ha sido arrancado aún con todos sus pesados años encima, en su lugar pequeñas florecillas blancas parecen adornar una tumba gritando al unísono: “lo sentimos, el roble ha muerto”.
El corazón de Remedios se colapsa, su cuerpo cae como hoja de otoño en el lugar donde el viejo roble la esperara cada día.



A Remedios Varo Uranga
1908-1963
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Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

4 comentarios:

  1. Fantástico; un lujo leerlo.

    Un abrazo,

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  2. Gracias Tito Carlos
    Es un lindo cuento que forma parte de mi primer curso de narrativa, me parece cálido y sencillo.
    Ahora se nos "exige" más en el taller de Narrativa II pero se que es parte de crecer como escritores.

    Un abrazo
    Ro

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  3. es un cuento muy cálido e intimista no muy bien resuelto en su final; para mi es muy abrupto la no existancia del árbol, pienso que quedaria mejor llegar cuando lo estan sacando o hachando a la par que da dramatismo, daria más visos de realidad. Un beso Luis

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  4. Gracias Luis, me complace tu visita y comentario.
    Cierto, tu sugerencia para un final más dramático es buena.

    Te dejo un abrazo

    Ro

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Bruja Curandera

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"Aún una vida feliz no es factible sin una medida de oscuridad, y la palabra felicidad perdería su sentido si no estuviera balanceada con la tristeza. Es mucho mejor tomar las cosas como vienen, con paciencia y ecuanimidad"

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