lunes, 29 de junio de 2009

Cuento -Tercer lugar Premio estatal José Agustín 2009

HOJA EN BLANCO

No recuerdo cuál fue el último libro que leí. Ya ni pensar en lo último que escribí. Nunca estaba satisfecho.

Me sentaba todas las tardes frente a la hoja de papel en blanco, llenaba hoja tras hoja, como si alguien me dictara al oído frases enteras, luego las arrojaba al bote de basura, una tras otra, hasta que se desbordaba e iban a dar al suelo.

Pronto las letras que brotaban de la pluma se volvieron garabatos ininteligibles que poblaban las blancas hojas. Luego, nada.

Puedo pasar horas contemplando la interminable página en blanco.

Revolution suena en el viejo receptor, la voz de John se pierde entre el estruendo de notas mezcladas con la estática por la mala recepción de la radio. La música siempre me había ayudado a escribir. Ahora es la única compañía.

Enciendo el siguiente cigarrillo mientras el anterior se consume en el cenicero atiborrado de colillas a punto de derramarse sobre la vieja mesa que hace las veces de escritorio y otras de mesa de operaciones, donde trato de reparar, sin éxito, el radio que siempre termina escuchándose peor.

Afuera, la lluvia cae, refresca la canícula y la banqueta despide una oda de vapores atrapados por el calor. Adentro, el bochorno agobia el aire y el poco razonamiento que me queda.

De la fama, sólo algunas hojas amarillentas de viejos periódicos tiradas por todas partes. Del dinero, apenas lo suficiente para pagar esta ratonera donde llevo años enclaustrado.

Quisiera levantarme a estirar las piernas, tal vez eso me ayudaría a desempolvar las telarañas que cubren mi creatividad.

Mientras enciendo otro cigarrillo veo mis extremidades inferiores, exánimes hace años, son tan inservibles como el radio que se empeña en trasmitir música.

Mis manos son como las ramas secas de un viejo árbol, ajadas, largas y huesudas. Las uñas amarillentas manchadas permanentemente de tinta.

La cama luce desordenada, igual que la última vez que me levanté. Pronto descubrí que da lo mismo estar acostado que sentado, el esfuerzo por trasladar mi humanidad mermaba lo poco que me queda de fuerzas y ocupaba la mitad de la mañana, así que opté por permanecer en la silla.

De mis necesidades fisiológicas me entero por el tufo que se mezcla con el aire saturado a humedad y el perenne rumor de las moscas, rondándome.

La única que se queja es Herminia, siempre viene de noche a dejar la charola de comida y se lleva intacta la que dejó el día anterior, su retahíla de maldiciones se escucha aún después de que cerró la pesada puerta, hasta que se pierde en el eco de la soledad.

Un acceso de tos me saca de mis cavilaciones. La colilla cae lejos todavía encendida.

Mis pulmones son dos costales raídos que apenas filtran el aire necesario para mantenerme vivo. Mi voz es un murmullo que se pierde entre las flemas que ahogan mi garganta.

De pronto, un resplandor rasga la obscuridad del cuarto que rebosa humedad por todos sus rincones.

¿Será la luz del día que encontró un recoveco para ingresar?

¿Será que por fin localizaron mi refugio y harán escarnio de mi decadencia? Herminia tendrá que reemplazar las cortinas esta noche.

No, no es la luz del sol que se cuela y martiriza mis pupilas acostumbradas a la eterna obscuridad. Es la colilla del cigarro que hace unos momentos escapó de mis dedos y esparce su brasa entre las hojas de papel tiradas en el suelo.

Salpica los libros hacinados en los estantes y se propaga por la madera podrida y seca que ahora sirve de leña que aviva el fuego.

Pronto, la humedad se mezcla con el espeso olor del humo. La temperatura del pequeño cuarto, de por sí asfixiante, duplica su intensidad.

Mientras veo como las llamas abrazan mis inservibles piernas, pienso:

¿Por qué no se me habrá ocurrido antes?

Astrid Paola

Tercer lugar Premio estatal José Agustín 2009

4 comentarios:

  1. Felicidades a Astrid Paola por su premio. Ha llevado al extremo la inactividad de un (¿genio?) y su obsesión con la hoja en blanco. Un buen final para un personaje atormentado.

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  2. Muchas gracias Martikka, aunque el cuento es mìo, es trabajo en conjunto de todo mi taller de narrativa, a quienes tengo mucho que agradecerles, entre ellos a mi querida Ro, la dueña de este blog que se empeña en darme a conocer, ja. Saludos Martikka, besos Ro.

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  3. Buf, menuda historia. Hemos sufrido palabra a palabra la decadencia de este pobre infeliz... Es muy interesante eso de que el fuego suponga, en cierta medida, su liberación al tiempo que su propio final! Enhorabuena a la autora! Y saludos para ti, querida Ro!

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  4. Hola Gatera, gracias por el comentario.
    Es un reto transmitir por medio de la escritura emociones, lugares, personajes…
    Crear imágenes que necesitan de una narrativa que te "atrape" y transmita con destreza lo que el autor quiere compartir. Pao lo hace bien ¿verdad?

    Besos
    Ro

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"Aún una vida feliz no es factible sin una medida de oscuridad, y la palabra felicidad perdería su sentido si no estuviera balanceada con la tristeza. Es mucho mejor tomar las cosas como vienen, con paciencia y ecuanimidad"

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