jueves, 4 de junio de 2009

La ciudad desconocida


La ciudad estaba cubierta de ese ambarino color que reflejan los primeros rayos del sol. Observé con asombro cada detalle desde lo alto, la vista era privilegiada, el ángulo y la altitud dejaban al descubierto cada trazo de aquel lugar, se veía tan diminuta, que instintivamente acerqué mi rostro al cristal, me revolví en mi asiento con la inquietud que da la impaciencia, la emoción de visitar un nuevo lugar; aquella visión que me invitaba a perderme en sus calles, y a hablar con sus habitantes; me pregunté a qué olerían sus galerías; el sabor de sus comidas; el acento de su hablar; si llueve todas las tardes como en mi ciudad en esta época del año.

Algo me sucedía, creo que tanta emoción provocó ese mareo que con cierta frecuencia me recuerda que mi tiempo está contado y Dios sabe cuándo me recluirán en un frío hospital del que estoy seguro, no volveré a salir hasta que el olor de las flores del camposanto me envuelva con un invisible velo de olvido. Por eso me escapé, de un tiempo a la fecha mi familia me mira con ojos de desconsuelo, de pena, seguramen
te imaginan lo desdichado que debo sentirme por mi inminente partida al otro mundo, pero nadie se atreve a conversar del tema conmigo, creo que les sucede como a todos, que al obviar las cosas tristes pareciera que no existen, que se las llevará el viento como lo hace con las hojas secas antes de la llegada de las lluvias. Así, entre reflexiones, pensamientos de aquí y allá, mirando el río desde lo alto, me veo sumergido entre las aguas templadas de mi viaje secreto.

El pequeño hotel tiene un cierto aire señorial, lo elegí por la ubicación
frente al parque central, también por su discreta elegancia que me recuerda los tiempos idos. La habitación no era muy amplia aunque de tamaño suficiente para sentirme con aquella familiaridad que evoca mi propio aposento, los cortinajes de grueso gobelino verde se sostienen pesados, haciendo juego con la alfombra y los cuadros intentan dar una perspectiva al óleo de los rincones más pintorescos de aquel sitio. Miré por la ventana y a lo lejos distinguí la torre del reloj, competía en belleza y armonía con la iglesia renacentista, y su cúpula, testigo fiel del Cinquecento, me recordó un poco a Santa María del Fiore revestida de mármol de colores; pensé en Dios, y me pregunté si tendría algún santuario favorito de los tantos que se han construido en su nombre, creí escuchar una voz que me estremeció diciendo: “La capilla que más visito es la que mantiene una llama perenne, la del corazón”. Parpadeé como queriendo aclarar mis ideas, no encontré explicación (lo cierto es que no me esmeré demasiado en ello); me sosegué repitiéndome que eran cosas de viejos y sin más, salí del dormitorio.La recepcionista con una sonrisa amable me entregó un pequeño plano de la ciudad, era ciertamente muy fácil de entender.

¿Lugares de interés? Un cementerio, u
na iglesia, una plaza, una escuela religiosa para niñas y, la torre, señalados con un círculo rojo, sonreí y cuidadosamente lo guardé en el bolsillo de la gabardina. La calle daba los primeros atisbos intentando su perezoso despertar, caminé como quien sabe a dónde va. Una vez que pisé las márgenes del río que circula en torno a la ciudad, observé un conglomerado de torres, agujas y murallones cubiertos de enredadera, perdido estaba en mis pensamientos, cuando un poderoso aroma a café me lazó hasta atraerme a la pintoresca cafetería, sonreí al pedir una taza de la infusión, pensaba que no había nadie que me dijera lo que debía o tendría que hacer, ¡libre!, ¡solo!, sin familia que gobernara mis apetencias en pos de la salud, esto es vida, sí señor, volví a sonreír. No me levanté del lugar hasta apurar la última migaja de la vedada tostada con mantequilla.

Caminé por las calles de adoquín rosado y húmedo enfilándome al centro de la ciudad, observé los rostros de los apurados peatones, alguno me devolvió la sonrisa; era gente amable de facciones finas y narices rectas propias de las latitudes donde el frío se aposenta gran parte del año, me sentí como en casa, algo familiar me envolvía, ¿sería acaso el olor de los adoquines humedecidos por la llovizna de la noche anterior?, los rostros amables, o mi animo de aceptación…

Erré por sus callejuelas, expugnando cada rincón y cada esquina, deteniéndome a mirar aparadores, entrand
o en librerías polvosas, silbando, con la cabeza en blanco. Me senté en las bancas de la plaza, deambulé por las galerías, admiré la iglesia. Visité la tienda de antigüedades y me sorprendí al darme cuenta que no sentía la necesidad de comprar ningún recuerdo para llevar a la familia, este viaje era sana y egoístamente mío, de nadie más.

Con andar melancólico me dirigí al cementerio, era un espacio arbolado con una valla sobre suaves colinas vestidas de tupido y fino pasto, las lápidas hablaban de épocas remotas y sus mausoleos, del arte que consuela y acompaña nuestra última morada, muda ofrenda de amor a los seres queridos.

A lo lejos, las campanas de la iglesia llaman a misa, obediente, me enfilo y aquella visión de serena quietud que invita a la reflexión, forma ahora otra estampa en el paisaje.
De pronto te vi entre la gente, con aquel vestido de pequeñas flores negras sobre fondo blanco, tu rosario y el misal, nos miramos a la distancia, sentí que el tiempo se detuvo, que jamás habías muerto, que nunca te eché de menos, que mi tristeza por tu ausencia no existió, que tus manos siempre sostuvieron las mías… y poco a poco nos fuimos acercando hasta quedar tan próximos que con un abrazo te atraje hasta mi, respiré tu pelo, besé tus mejillas y lloré con la cabeza apoyada en tu hombro, cobijado por tus brazos.

Querida mía, gracias por acudir a la cita, gracias por esperarme.

Todo giró en mi cabeza, un torbellino frío sacudió mi cuerpo en rotaciones interminables que me hicieron desvanecer; a lo lejos escuché la puerta del des
ván abrirse con un sonoro golpe, al tiempo que caía desmayado atesorando en mi mano la esfera de cristal con aquella ciudad desconocida en miniatura que me regalaras cuando novios.

Ro

4 comentarios:

  1. Nos ha llegado al corazón, querida Ro...

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  2. HOLA RO . PASABA POR TU BLOG PARA SALUDARTE Y AGRADECERTE POR ESTAR . GRACIAS . TU BLOG ESTA GENIAL Y PARA MI GUSTO DE LO MEJOR QUE VI ESTETICAMENTE. BUENO CHAU . ME GUSTA CUANDO DEJAS COMENTARIOS EN MI BLOG. TE ESPERO POR AHI . CHAU BESOS

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  3. Rumbo, gracias por tu comentario y tu felina visita.
    Besazo
    Ro

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  4. ¡Hola Miguel!
    que gusto recibir tu visita y saber que estás fenomenal y sigues adelante con tus proyectos. Un abrazo y gracias por tu visita. Yo seguiré visitando Argentina y deseando lo mejor para ti y tu familia.

    Ro

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Bruja Curandera

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"Aún una vida feliz no es factible sin una medida de oscuridad, y la palabra felicidad perdería su sentido si no estuviera balanceada con la tristeza. Es mucho mejor tomar las cosas como vienen, con paciencia y ecuanimidad"

〜※Carl Jung※〜