viernes, 20 de marzo de 2009

Cinaroas IV


090308 Yo, ciudadano
Cinaroas IV
Gustavo Martínez Castellanos

La plazuela Álvaro Obregón en el centro histórico de Culiacán tiene un centauro de bronce de las guerras de Reforma. Tiene una iglesia monumental que fue construida en menos de 25 años y tiene un kiosco que no se utiliza cuando los cantantes van a amenizar las suaves tardes del invierno Sinaloense. Como nuestro guía no llegaba, bajé a dar una vuelta por las inmediaciones del hotel. Esa zona tiene un aire equívoco de ciudad de principio de siglo XX. Edificios vetustos, calles estrechas, autos modernos. A lo lejos, los tumbos de una banda que a todo pulmón proclama su supremacía. Fui a ver de qué se trataba pero terminé metiéndome a la catedral de nuestra señora de Guadalupe. A pesar de que en su frontispicio reza que fue iniciada en 1824 –a unos años de consumada la independencia- su arquitectura tiene una marcada tendencia Neoclásica. De una sola nave, sobria y espaciosa, sin embargo pierde señorío cuando a menos de quince metros la estridencia de la música airea la plaza. Salí por la puerta oriente y leí en su quicio que terminó de ser construida en 1845. Tiempo récord. Un dineral. Tierra próspera ésta. Me dirigí al fandango que no era otra cosa que un programa de radio en vivo. Mientras buscaba la placa que diera cuenta de la identidad del oficial de caballería de los ejércitos restauradores de la república hollada por galo pie, una melodía amorosa absorbió poderosamente mi atención. Era una canción campirana de amor, suave, melodiosa y sentida. Su letra hablaba de alguien que prefería poner la lejanía de por medio entre el corazón de la mujer amada pero esquiva y el corazón roto del autor. Así, como un dulce lamento que partiera del alma con toda la intención de oprimir el corazón de sus oyentes. Me olvidé del guerrero liberal y me sumé al auditorio fuertemente cargado de preciosas niñas con uniforme de secundaria y jóvenes altos y delgados junto a ellas y me llevé una de las sorpresas más gratas que he vivido: la hermosa canción, cuya armonía y melodía se fusionaba en la voz de un joven y sincero intérprete era el producto de tres músicos que por la forma en que tocaban parecían más. Me agradó haber viajado desde tan lejos para constatar que, como siempre, las televisoras y las radiodifusoras, ponen a nuestra disposición lo peor pero más pegajoso de cada latitud del universo musical actual. Miré a mi rededor y pude apreciar que todo mundo, al igual que yo, había sido hechizado por esa pieza que, estoy seguro, si tuviera más promoción, nos haría pensar de otra manera sobre la música comercial. Miré el reloj y vi que ya era mediodía. Me encaminé al hotel y encontré al guía que ya nos esperaba. Subí por las maletas y mi familia y bajamos para abordar la camioneta que nos conduciría a Los Mochis.
El camino es tedioso, pero la charla del guía -que a veces reafirmaba sus datos con el testimonio del chofer- fue muy amena. Hablamos de lingüística, de política, del narco, de la milicia, de cultura y de leyendas. Al respecto señaló una de la que él ha desarrollado una propuesta: el culto a Malverde. Relató que la historia de este personaje se remonta al inicio del porfiriato. Era un hombre de pueblo que se dedicaba a la albañilería y que respondía –cuando lo llamaban, por supuesto- al extraño nombre de Jesús Maza Juárez (sic). Su leyenda comenzó mucho antes de morir porque ayudaba a los pobres extrayendo riquezas de las casas de los pudientes. Su técnica era sencilla e ingeniosa: sabedor de los puntos débiles de las casas que él mismo construía para los ricachones de Culiacán se “apersonaba” por las noches y esperaba a que los moradores durmieran para después entrar a robar. De su facilidad para mimetizarse le vino el nombre: “Mal verde” debido a que se sumergía en la maleza o en los jardines de las casonas y nadie podía verlo. Recabó tantas contribuciones forzosas que el precio por su cabeza fue estratosférico y finalmente fue atrapado y ejecutado sin juicio alguno. La condena, sin embargo, fue más allá de su muerte: su cuerpo no debía recibir sepultura aún cuando se desmigajara de la cuerda en la que había sido ahorcado. Por supuesto, el cuerpo se fue cayendo a pedazos y la piedad de la comunidad no dio para más que una humilde piedra que cubriera sus despojos. Así, cada quien que deseaba agradecerle algo arrojaba un guijarro sobre su restos y con el tiempo sin darle sepultura el pueblo finalmente lo había sepultado. Lo que no ha quedado claro es que si por cada milagro que hacía recibía una piedra o fue después de que lo sepultaron que empezó a hacer milagros. El primero fue el hallazgo de una vaca. Para aquel entonces, los gobiernos porfiristas tenían suficientes motivos para alebrestar a los pueblos que no iba a ser una veladora encendida junto a una tumba lo que atraería la ira de las autoridades. Pero por si las dudas, los servicios sanitarios municipales recogieron el túmulo. Con el paso del tiempo, la gente continuó arrojando piedras y con ellas -y algunos exvotos en dinero que dejaban- se levantó una capilla. Nuestro guía tiene la teoría de que la de Malverde en realidad se trata de una traslación de la leyenda de Heraclio Bernal conformada al gusto de cada región. Yo le comenté que en Acapulco ya había seguidores del santo de los forajidos y que era curioso que su efigie de bulto tuviera un parecido tremendo con un busto de Pedro Infante que fue puesto a la venta en el 25 aniversario de su muerte y que recreaba su imagen que aparece en la portada del L P que contiene las canciones de Los Gavilanes, esa película en la que Pedrito interpreta a un forajido chinaco, posiblemente el mismo Heraclio Bernal, cuyo corrido, dicho sea de paso, viene incluido en el acetato. Al guía le agradó el dato y dijo que lo iba a checar y que si continuábamos en contacto, me enviaría algunos libros escritos en inglés que hablan sobre muchos aspectos de las culturas regionales de Sinaloa. Llegamos a los Mochis con una buena dotación de temas por tratar, nos llevaron al hotel para que nos instaláramos en vísperas de la ceremonia y después de dejar las maletas, nos condujo al museo Del Fuerte del Valle. Es un edificio en reconstrucción que en una pared tiene plasmado el territorio sinaloense. Ahí, por primera vez vi la palabra, pero estaba escrita con /S/ y a partir de ese momento se aferró a los asideros de mi imaginación y ya no pudo salir, ni yo quise sacarla.
Sinaroas fue -no sé si aún exista-, una tribu asentada en la parte sur del territorio del actual estado de Sinaloa, a la vera del río de mismo nombre. Lo curioso es que el mural ostenta veinte tribus más asentadas en una cantidad similar de ríos y el estado sólo adoptó el nombre de ésta. ¿Por qué? Nuestro guía no lo dijo; tampoco lo sabía. Minutos después se acercó a nosotros un gigante, un hombre de más de dos metros de altura, blanco y afable. Saludó a todo mundo con una sencillez que ponía en entredicho su estatura y con una voz de sinaroa auténtico. Me hubiera gustado entrevistarlo, o cuando menos conversar con él, pero parecía llevar un prisa sin cotos, contenida apenas por los buenos modales que le vienen de raza. Mientras caminábamos hacia el restaurante en el que nos ofrecerían una comida, yo aún sentía la presencia de aquel hombre como si continuara caminando junto a nosotros. El guía ya había perdido la desconfianza y refería en un discurso más que fluido muchos tópicos de su tierra. Hizo énfasis en uno en especial: el hallazgo de utensilios domésticos de tamaño desproporcionado: “Así –me dijo abriendo los brazos como si abrazara un tinaco- así de grande estaba esa piedra de moler y así de larga -y se midió el brazo- su mano de metate. No me lo vas a creer”. “Claro que sí, pensé sin interrumpirlo, si acabo de ver junto a mi a ese gigante”, pero ya no pudimos seguir conversando porque llegamos al restaurant. Nos leemos en la crónica gustavomcastellanos@gmail.com

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"Aún una vida feliz no es factible sin una medida de oscuridad, y la palabra felicidad perdería su sentido si no estuviera balanceada con la tristeza. Es mucho mejor tomar las cosas como vienen, con paciencia y ecuanimidad"

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